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Las franciscanas nos despedimos del pueblo de Bunyola

Después de un día lluvioso, el domingo día 30 de agosto de 2020 se despertó con un sol radiante, preludio de la presencia de Dios en nuestras vidas.

Era un día cargado de sentimientos, recuerdos, vivencias… Después de 151 años de la llegada de las monjas Franciscanas Hijas de la Misericordia al pueblo de Bunyola cerraban las puertas para marchar a otros lugares y seguir difundiendo la ternura de Dios.

Por una parte había un sentimiento de acción de gracias por todo lo bueno que la Congregación ha podido hecho y ha recibido del pueblo de Bunyola, y por la otra se respiraba el dolor y la tristeza de tener que decir adiós.

De forma muy sencilla, familiar y discreta, como no puede ser de otro modo, la parroquia preparó una celebración eucarística de acción de gracias por todos los servicios que las hermanas han realizado en este pueblo. Esta fue celebrada por el párroco del pueblo, Mn. Eusebi Capel.

La monición de entrada, las ofrendas y las oraciones pusieron el sello distintivo de lo que somos las Hijas de la Misericordia. Un sello sencillo, silencioso que pasa por esta vida haciendo el bien y sin demasiado ruido. La coral polifónica de Bunyola y la agrupación de baile del pueblo pusieron su granito de arena con el canto y el baile de la oferta dignificando la celebración. En la homilía el sacerdote tuvo palabras de agradecimiento, familiaridad, acercamiento y cierta tristeza hacia las hermanas de la comunidad.

Antes de terminar la eucaristía, Sor Antonia Socias, superiora de la comunidad, dirigió unas palabras de agradecimiento y despedida a los bunyolins. No faltaron las lágrimas de emoción y de añoranza, así como un merecido aplauso de todos los feligreses que se pusieron en pie como muestra de reconocimiento y gratitud hacia toda la Congregación.

Todo en esta vida tiene un principio y un final, un nacimiento y una muerte…, y nuestra Congregación y nuestras comunidades no están ausentes de este principio. Pero lo realmente importante no es si llegamos o nos vamos de un lugar u otro, sino todo el bien y la misericordia que hemos sabido sembrar, todo el tiempo que hemos estado, para que cuando llegue el momento de las despedidas sean otros quienes puedan continuar difundiendo esa semilla que en 1856 se sembró en Pina.

La planta que se ofreció en la celebración como muestra de agradecimiento embellece ahora la tumba de los Fundadores en la iglesia de Pina, para que ellos sigan orando por su Congregación y ayuden, confort y den coraje a estas hermanas que han de seguir ejercitando la misericordia en otros lugares.

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