La fiesta de María, Madre de Misericordia, llega a nosotras este año de una manera especial a nuestras comunidades. Las circunstancias actuales nos invitan a celebrarlo de una manera especial fijando nuestra mirada en su vida y dejando que dialogue con la nuestra.

Os ofrecemos una reflexión orante para este día:
Te contemplamos hoy, María, acogiendo la propuesta de Dios para ser la madre del Hijo encarnado, en la normalidad de tu vida sencilla y desapercibida, en la cotidianidad del hogar. Esa novedad radical de Dios cambió tu vida. En ese anuncio intuiste que, con un aliado como el Espíritu, tu respuesta no podía ser otra que un ‘Fiat’ confiado al Dios que te soñó alegre, con una vida abierta y desplegada. Ayúdanos a sintonizar con la música de Dios, para que vivamos nuestra existencia como “una fiesta sin fin donde renovemos cada día las exigencias de nuestra vocación” (directorio nº 14). Líbranos de no escucharle y así correr el riesgo de repetirnos en nuestro ser insatisfecho y perder el sentido de lo que somos y hacemos.
Te contemplamos hoy, María, en una vida comunicante, en una vida compartida, en una vida de encuentro. Nada más conocer el anuncio, te pusiste en camino, y fuiste a visitar a tu prima Isabel. Decidiste salir —Iglesia en salida, nos recuerda el papa Francisco— y tu corazón rápidamente empatizó y se puso en sintonía con tu prima, y entonaste proclamas de bendición. Al proclamar hoy vuestro encuentro nos comunicáis entusiasmo, transmitís esperanza, sois portadoras de vida porque en las entrañas lleváis el cumplimiento de la Promesa. Dejadnos beber hoy de vuestra alegría, para que seamos capaces de engendrar dinamismos nuevos en nuestras vidas que nos lleven al gozo. Hoy más que nunca, el golpe de esta pandemia nos ha hecho anhelar la interdependencia, el cuidado mutuo, las relaciones… Permitidnos aprender de vosotras, para ser capaces de validar el nosotros y proclamar, como tú, la grandeza de Dios, manifestada en todos los grupos de personas movilizadas por la solidaridad, poniendo al servicio del bien común sus prácticas compasivas, empeñadas en poner en el centro la vida.
Te contemplamos hoy, María, en tu silencio fecundo, guardando y meditando todo en tu corazón. Bien sabemos que en la Biblia el corazón significa la interioridad de la persona, su intimidad, su lugar oculto, su profundidad, su libertad. Tu fe, María, nos llena de asombro, sobre todo cuando no comprendías todo lo que ocurría. Tu fe en camino nos enseña a vivir en alerta permanente al viento del Espíritu que te fue permitiendo leer los signos que el Dios de la incógnita te iba marcando en cada momento, cuando eran difíciles de percibir con claridad suficiente. Ayúdanos a darnos tiempo, a tener espacios de silencio que nos abran al vértigo de un horizonte que se avecina incierto e inédito, una nueva normalidad, en la que deseamos ser cómplices en la construcción de una sociedad asentada en los valores evangélicos. Sostén nuestro compromiso para tomar medidas inteligentes en este futuro en el que queremos posar nuestra mirada sobre quienes se verán más amenazados tras esta pandemia que marcará la historia, en el anhelo carismático de ser misericordia en acción, misericordia en relación.
¡Feliz día! Que la contemplación de María nos ayude, hoy más que nunca, a encauzar nuestra vida desde las coordenadas de la gratuidad y el compromiso implicativo.
