¡Qué jornada tan emotiva y alegre vivimos el pasado sábado! Nos reunimos centenares de personas para celebrar algo que nos llena el corazón de gratitud: el centenario de nuestra presencia en la Colonia de Sant Jordi, en Mallorca. Un siglo de camino compartido, de servicio humilde, de una fe sencilla y de presencia constante junto a generaciones de familias, niños y niñas, vecinos y vecinas.
La celebración arrancó con la bienvenida de nuestra superiora general, Alicia Garcia Lázaro, quien abrió el acto en nombre de la Congregación con unas palabras de memoria agradecida y alegría compartida que nos invitaron a mirar al pasado, pero también al presente y al futuro de nuestra misión. A continuación, compartimos una preciosa eucaristía presidida por monseñor Antoni Burguera. Durante su homilía, invitó a dar gracias por cada hermana y nos regaló una reflexión hermosa al asegurar que “la fiesta más grande es invisible”, haciendo referencia a todo ese bien silencioso hecho de gestos pequeños y escucha; un bien hecho de gestos pequeños, de acompañamiento diario, de puertas abiertas, de consuelo, de escucha y de esperanza sembrada en el corazón de muchas personas.
Tras la misa, nuestra Hermana Magdalena Fiol tomó la palabra para agradecer a los y las asistentes su presencia, subrayando que “el pueblo y sus gentes son parte imprescindible de esta historia”. Magdalena expresó nuestro deseo de seguir avanzando de la mano hacia un pueblo más justo, solidario y lleno de esperanza, reafirmando que nos espera “un futuro que, con confianza, se pone en manos de Dios”.
También nos acompañó Guillem Mas, alcalde de Ses Salines, municipio al que pertenece la Colonia de Sant Jordi. En su intervención, destacó la profunda unión entre las religiosas y la localidad. Afirmó que “la historia de la Colonia no se podría comprender plenamente sin la presencia de las Hermanas”, agradeciendo a la Congregación el haber sido compañía, ayuda y escucha para todos los “coloniers” y “colonieres” de manera silenciosa y fiel.
Por su parte, la presidenta del Govern, Margalida Prohens, se sumó compartiendo unas palabras muy sentidas como vecina de la Colonia. Mostró su admiración hacia nuestras Hermanas, a las que definió como “mujeres valientes que no buscaron protagonismo, pero que dejaron una huella decisiva en la vida de las comunidades”. Además, nos conmovió al recordar su infancia y asegurar que, probablemente, la primera semilla de su propia fe se sembró “en ca ses monges”, en aquel espacio de cercanía, confianza y vida compartida que tantas personas de la Colonia conservan en la memoria.
La música puso la nota festiva gracias al Coro del Centro Cívico. Fue un momento de enorme complicidad, ya que dos de sus integrantes son religiosas de nuestra Congregación; una de ellas, Joana Cladera, superiora del convento de la Colonia de Sant Jordi. El coro interpretó piezas tan emotivas como el “Aleluya” de Leonard Cohen, una habanera y la popular canción “L’amo de Son Carabassa”, que sonó acompañada de castañuelas y despertó la emoción y la complicidad de las personas asistentes.
Para cerrar este día tan redondo, disfrutamos de una fiesta y un maravilloso refrigerio en el patio del convento a cargo de Mater, donde centenares de personas pudieron compartir un tiempo de encuentro con las Hermanas.
Hoy, nuestra presencia en la localidad sigue dando frutos a través de la Casa de Colonias San Francisco de Asís, donde cada año acogemos a miles de escolares. Niños y niñas de distintos lugares que pasan allí unos días de convivencia, aprendizaje y contacto con la naturaleza, en un entorno que mantiene vivo el legado educativo, fraterno y franciscano de la Congregación.
Cien años después, las formas cambian, pero nuestra raíz sigue intacta: servir con amor, acompañar con sencillez y sembrar esperanza.
La celebración del centenario fue mucho más que un recuerdo histórico. Fue una acción de gracias por todo el bien recibido, por todas las vidas acompañadas y por todas las semillas que, en silencio, han germinado durante un siglo. Una fiesta de pueblo, de Iglesia y de familia franciscana; una celebración de la memoria y de la esperanza.
Porque allí donde hay una Hermana que escucha, una casa que acoge, una comunidad que educa y una presencia que consuela, el carisma franciscano sigue vivo. Y en la Colonia de Sant Jordi, cien años después, las Hermanas Franciscanas Hijas de la Misericordia seguimos siendo un signo humilde de fraternidad, misericordia y paz.
¡Gracias por caminar a nuestro lado!
