Queridas hermanas:
¡Paz y bien!
En esta Pascua, fiesta de vida, de plenitud y de esperanza, el Resucitado vuelve a pronunciar sobre cada una de nosotros y nosotras su palabra más fuerte: “No temas, estoy contigo”. La luz que brota del sepulcro vacío nos recuerda que nada puede apagar la Vida que Dios hace nacer incluso en los lugares más heridos o áridos de nuestra historia. Cristo vive, y su presencia transforma nuestra esperanza en certeza y nuestros pasos en camino.
Seguimos celebrando los 800 años de la Pascua de Francisco de Asís. Ocho siglos desde aquel octubre de 1226 en que Francisco —pobre, pequeño y libre— entregó su espíritu al Padre mientras cantaba la fidelidad de Dios. Y, sin embargo, lejos de apagarse, su vida se volvió más luminosa, más fecunda, más expansiva. Francisco, con su simplicidad desarmante y su confianza radical en Dios, nos recuerda que la Pascua no es un recuerdo lejano, sino una experiencia viva que se encarna en lo pequeño, en lo frágil y en lo cotidiano.
Que el ejemplo de Francisco renueve en nosotras el deseo de vivir como “hombres y mujeres pascuales”, capaces de mirar la realidad con ojos nuevos y de descubrir en cada criatura el rastro luminoso del Resucitado. Que esta Pascua nos impulse a custodiar la alegría interior, dejando que el Resucitado ilumine nuestras búsquedas y avive nuestros sueños.
Señor Resucitado,
enciende en nosotras un fuego que no se apague,
una alegría que desborde,
una valentía que sueñe en grande.
Haz vibrar nuestro corazón
como vibra la tierra cuando amanece,
como vibra la vida cuando se sabe amada.
Danos la mirada de Francisco,
capaz de descubrir tu luz
en la sencillez, en lo pequeño, en cada criatura.
Lánzanos a caminar sin miedo,
a levantar al caído,
a cantar esperanza donde otros solo ven desierto.
Que esta Pascua nos despierte,
nos empuje a ser presencia que consuela,
y que tu Vida nueva recorra nuestra historia
con la fuerza imparable de un manantial eterno.
Con afecto fraterno, ¡feliz Pascua de Resurrección!
Alicia García Lázaro
Superiora general
