Gabriel Mariano Ribas de Pina fue un hombre bueno, testimonio del carisma de la Misericordia. Como a todas las personas, el ambiente que le rodeó, el tiempo y el lugar en que vivió afectaron su vida, aunque como afirma San Pablo en Romanos 8,28: “Sabemos que Dios hace concurrir todas las cosa prosperas o adversas para el bien de
los que le aman”.
A pesar de las dificultades y los contratiempos, nuestro fundador trabajó hasta el último aliento para, junto a la fundadora, erigir la Congregación, una obra fructífera y de gran impacto social tanto en la actualidad como hace 165 años; una obra enraizada en el trabajo de todas las hermanas franciscanas Hijas de la Misericordia, que en esta era digital y global, se impulsa hacia el futuro desde la transversalidad.

