El regalo de la vocación
En un tiempo donde el ruido parece acallar las llamadas del espíritu, surge con fuerza el testimonio de una de nuestras hermanas que, a sus treinta y cuatro años, y coincidiendo con el 16 de abril —día en que la gran familia de San Francisco celebra su origen y renueva su entrega—, nos regala una reflexión profunda sobre el sentido de la vocación en el siglo XXI.
Una mirada joven que rompe estereotipos, pone en valor el potencial de las nuevas generaciones y nos recuerda que la renovación de los votos es, por encima de todo, una apuesta por el amor y la misericordia en un mundo sediento de ambos.
A veces, cuando hablo con los y las jóvenes sobre la vocación, noto que me miran como si yo viniera de otro planeta. Estoy ahí, camino con ellos, comparto sus espacios, pero el estereotipo que cargamos sobre la vida religiosa es tan pesado que parece que nuestra imagen nos hiciera invisibles a su realidad. Me dicen: “Hermana, es que para ser religiosa hay que ser santa, hay que estar rezando todo el tiempo, a mí me da miedo tanto compromiso, ¿cuánto les pagan ahí?”.
Escucho eso y no puedo evitar pensar en un joven que, hace ochocientos años, también buscaba desesperadamente su lugar en el mundo. Se llamaba Francisco de Asís. Él no nació con un certificado de perfección. Era el alma de la fiesta, buscaba el éxito y soñaba con la fama de los grandes caballeros. Tenía todo lo que los jóvenes de su época deseaban, pero su vida era como una pantalla con mucho brillo y poca batería. Como escribió el psiquiatra Viktor Frankl, el ser humano no se sacia solo con tener lo necesario, sino con encontrar un sentido por el cual valga la pena despertarse. Francisco sentía ese mismo vacío, esa sed de algo más que no lograba llenar, hasta que el fracaso de la guerra y la enfermedad lo bajaron del caballo y lo obligaron a mirar hacia dentro.
A menudo etiquetamos a la juventud de hoy como la «generación de cristal», distraída o indiferente, con poco compromiso. Pero mi experiencia me dice todo lo contrario. En los años que llevo acompañando a los jóvenes, he descubierto que no son indiferentes; al revés, son profundamente sensibles al dolor cuando les damos su lugar, confiamos en ellos y les hablamos al corazón. Esta última Semana Santa, en un encuentro con la Juventud Franciscana en La Paz, vi algo que volvió a conmoverme: estaban ahí, de principio a fin. A pesar del cansancio acumulado, del sueño que pesaba y del frío, su compromiso era real. No buscaban comodidad, buscaban sentido.
Este regalo que es la vocación no es algo que yo me haya inventado, es un don que Dios me ha permitido ir descubriendo y que hoy vivo con alegría siendo Franciscana Hija de la Misericordia. No nació en una burbuja de paz, sino en una lucha de encuentro con las realidades más crudas de la sociedad: al mirar de frente el hambre que duele y la pobreza que no tiene voz. Al igual que aquel joven Francisco, que tuvo que vencer su asco para abrazar a un leproso, entendí que Dios no me esperaba en lo impecable, sino en lo roto. Como escribió el poeta Leonard Cohen, hay una grieta en todo y es precisamente por ahí por donde entra la luz.
Mi vida es, simplemente, intentar que por mis propias grietas pase un poco de esa luz. Recuerdo que, en la JMJ de Lisboa, mientras todos se dividían por temas, yo decidí quedarme en la charla sobre el matrimonio. Una joven se dio la vuelta y me preguntó: “Hermana, ¿por qué te has quedado sola con nosotros y no te fuiste con los otros religiosos?”. Le respondí: “Porque quiero saber acompañarlos en su realidad, en su noviazgo, en lo que sienten hoy”. Ella me miró y soltó: “Si yo fuera religiosa, quisiera ser como tú”.
Esa frase volvió a resonar tiempo después en Sucre. Otra joven me abrió su corazón, me habló de su vida y de sus heridas. Yo solo la escuché. Al final, le lancé una pregunta al alma: “¿Qué crees que te está diciendo Dios en todo esto? Sé que Él quiere sanarte”. Ella solo me miró, y en ese silencio comprendí que la Misericordia no es dar discursos, sino sostener la mirada y la vida del otro. Como decía el filósofo Emmanuel Levinas, la ética empieza cuando el rostro del otro nos interpela.
Ese es el efecto “¡ohhh!” que Dios busca. No es admiración por una forma de vestir, es la conexión de dos humanidades que se reconocen frágiles. La Misericordia es, como decía Saint-Exupéry, ver con el corazón lo que es invisible a los ojos: la sed de ser amados por quienes somos, no por lo que aparentamos.
A ti, que tienes miedo al COMPROMISO, te digo lo que aprendí de Francisco de Asís y de los chicos y las chicas que se quedan hasta el final a pesar del cansancio: la libertad no es hacer lo que quieres, sino tener un «por qué» lo suficientemente grande para no rendirse. La vocación, en palabras del teólogo Frederick Buechner, es el lugar donde tu alegría profunda y la gran hambre del mundo se encuentran.
No busques la PERFECCIÓN para empezar a caminar. Como nos repetía tantas veces el papa Francisco, Dios no nos quiere como piezas de museo; nos quiere en camino, ensuciándonos las manos. Dios no lee tu currículum lleno de éxitos; Él lee tus heridas y las convierte en medicina para otros.
Precisamente porque Él cuenta con tu fragilidad, es normal que sientas miedo ante un compromiso tan grande. Ese temor no es una señal de que no eres apta, sino de que eres humana. Pero si sientes que algo te quema el pecho cuando ves una injusticia, o si te brilla la mirada cuando alguien te confía su dolor, no ignores esa señal. Quizás tu «leproso» te está esperando en la esquina para darte el abrazo que te cambie la vida.
Si Dios te llama, no dejes que tus dudas te paralicen. Él no te pide que seas invencible, te pide que confíes más en su Amor que en tus propios miedos. No permitas que el ruido de tus temores te impida escuchar el latido de tu verdadera felicidad: dar el paso, aun con miedo, es donde comienza el milagro.
Atrévete a dar el paso: porque el Amor no busca corazones impecables, sino corazones dispuestos a dejarse transformar.
Maribel Perales Ortega
Hermana Franciscana Hija de la Misericordia
Maribel dedica gran parte de su labor a la formación integral, facilitando talleres para los seminaristas del Propedéutico en Sucre y acompañando a la Pastoral Juvenil y Vocacional de las Hermanas Franciscanas Hijas de la Misericordia en Bolivia. Además, pertenece al Equipo de Talento del Hospital San Francisco de Asís, en La Paz, colabora en el Centro de niños con discapacidad de El Alto y forma parte del Equipo de Formación Permanente de la Congregación.
Foto: Maribel, primera por la izquierda, junto a un grupo de estudiantes.
